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Minería en La Rioja: historia, potencial y licencia social
La Rioja minera: entre la historia, el potencial y la confianza social
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Minería en La Rioja: historia, potencial y licencia social

La Rioja tiene una historia minera profunda, vinculada al Famatina, a la acuñación de moneda, al desarrollo del distrito La Mejicana y a una de las obras de ingeniería minera más importantes del país. Pero también arrastra una discusión social pendiente: cómo reconstruir confianza, generar información clara y transformar el potencial minero en desarrollo real para las comunidades.

Por Redacción MineriAR
Equipo editorial

La Rioja tiene una relación histórica con la minería. Antes de que el debate nacional se concentrara en el litio, el cobre, el oro o los minerales estratégicos, la provincia ya había sido protagonista de una parte importante de la historia minera argentina. Sus cerros, sus distritos productivos y su vínculo con la acuñación de moneda muestran que la minería no es una actividad ajena al territorio riojano: forma parte de su memoria económica, política e institucional.

En 1824 se creó una Casa de Moneda provincial en La Rioja, en un contexto en el que las provincias buscaban sostener su economía y generar instrumentos propios de circulación monetaria. Documentación histórica citada por el Instituto Federal de Investigadores Numismáticos de la República Argentina menciona que el establecimiento de esa Casa de Moneda se vinculaba con las “pastas” explotadas en el cerro Famatina, consideradas entonces un recurso clave para la provincia. También existen piezas históricas de plata acuñadas por la Casa de Moneda de La Rioja, como monedas de emisión federal conservadas en el Museo Histórico y Numismático “Héctor Carlos Janson” del Banco Central. ([IFINRA][1])

Ese dato no es menor. La Rioja no solo tuvo minería: tuvo minería asociada al financiamiento, a la organización provincial y a la construcción de valor económico. La actividad minera formó parte de su historia productiva mucho antes de las discusiones actuales sobre transición energética, minerales críticos o desarrollo exportador.

Esa tradición continuó a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX con el distrito minero La Mejicana, ubicado en el cordón del Famatina. Allí se desarrolló una de las obras de ingeniería más emblemáticas de la minería argentina: el Cable Carril Chilecito-La Mejicana, construido para transportar mineral desde la mina hacia la estación ferroviaria de Chilecito y la fundición de Santa Florentina. Según información oficial, el cable carril comenzó a funcionar a fines de 1905 y estuvo activo hasta enero de 1927. ([Argentina][2])

El Servicio Geológico Minero Argentino describe a La Mejicana y al cable carril como testimonios de la gran actividad minera desarrollada en la región, especialmente entre fines del siglo XIX y el primer cuarto del siglo XX. La mayor producción de la mina se concentró entre 1905 y 1923, coincidiendo con el funcionamiento del cable carril. ([Repositorio SEGEMAR][3])

Sin embargo, esa historia minera convive hoy con una realidad compleja: La Rioja tiene potencial geológico, identidad minera y antecedentes productivos, pero todavía enfrenta un desafío central para cualquier nueva etapa de desarrollo: construir licencia social.

La licencia social no es un trámite, ni una autorización administrativa, ni una campaña de comunicación. Es la confianza que una comunidad deposita —o no— en una actividad, en un proyecto, en una empresa y también en el Estado que debe controlar, informar y garantizar que el desarrollo llegue al territorio.

En La Rioja, el caso más conocido es el proceso social que se dio alrededor del Famatina. Desde mediados de los años 2000, distintas comunidades del oeste provincial expresaron su rechazo a proyectos mineros en la zona. Esa resistencia se transformó en un símbolo nacional bajo la consigna “El Famatina no se toca” y logró frenar distintos intentos de avance minero. Entre los antecedentes más relevantes aparece la rescisión, en 2013, del convenio entre el gobierno provincial y la empresa canadiense Osisko Mining para el desarrollo del proyecto Famatina. ([LA NACION][4])

Ese proceso dejó una enseñanza que excede a una localidad, a una empresa o a un proyecto puntual: los permisos legales no alcanzan si no existe confianza social. Cuando una comunidad siente que no fue escuchada, que no tiene información suficiente, que no ve beneficios concretos o que sus preocupaciones ambientales no son respondidas, cualquier proyecto queda debilitado desde el inicio.

Por eso, hablar de licencia social en La Rioja no debería ser visto como un obstáculo para la minería, sino como una condición necesaria para que la minería pueda desarrollarse de manera seria, sostenible y con arraigo territorial.

La falta de licencia social no significa necesariamente que una comunidad “no entienda” la minería. Muchas veces significa que no confía. Que tiene dudas sobre el agua. Que recuerda conflictos anteriores. Que teme que los beneficios queden lejos del territorio. Que no sabe cuántos empleos reales se van a generar. Que no ve oportunidades para proveedores locales. Que no conoce los mecanismos de control ambiental. O que siente que las decisiones se toman lejos de los pueblos que conviven con los proyectos.

Ahí está el verdadero desafío para La Rioja: volver a construir un puente entre su historia minera y su futuro productivo.

La provincia necesita que la minería se explique mejor, pero sobre todo que se escuche mejor. No alcanza con hablar de inversiones, exportaciones o potencial geológico. Hay que hablar de agua, ambiente, empleo local, formación técnica, proveedores riojanos, caminos, conectividad, monitoreo, transparencia y beneficios concretos para las comunidades cercanas.

También es necesario reconocer que la minería moderna no puede desarrollarse de espaldas al territorio. Cada proyecto debe ser capaz de demostrar qué valor genera, cómo se controla, qué información publica, qué oportunidades abre y de qué manera mejora la vida de las comunidades vinculadas directa o indirectamente a la actividad.

La Rioja tiene una oportunidad. Su historia muestra que la minería fue parte de su desarrollo. Su presente muestra que la confianza social no puede darse por supuesta. Y su futuro dependerá, en buena medida, de la capacidad de integrar ambas dimensiones: memoria minera y licencia social.

Desde MineriAR, como infraestructura digital para la minería argentina, creemos que este debate debe darse con información clara, participación territorial y una mirada federal. La minería necesita datos, proveedores, talento, inversión y tecnología. Pero también necesita comunidad, transparencia y confianza.

La licencia social no se impone. No se compra. No se decreta. Se construye con presencia, escucha, información pública y beneficios visibles.

En La Rioja, la minería no empieza desde cero. Empieza sobre una historia profunda, atravesada por momentos de desarrollo, orgullo, conflicto, resistencia y oportunidad. El desafío ahora es transformar esa historia en una nueva etapa de confianza, desarrollo local y futuro productivo.

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Comentarios (1)

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Carlos Gil
A Los riojanos le falta hambre, la mineria la usan para la política.

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