Argentina busca volver a producir uranio para alcanzar el autoabastecimiento energético
Aunque cuenta con recursos suficientes para abastecer durante décadas a sus centrales nucleares, Argentina importa todo el uranio que utiliza. Tres proyectos —Ivana en Río Negro, Cerro Solo en Chubut y Sierra Pintada en Mendoza— aparecen como claves para recuperar producción nacional, reducir dependencia externa y fortalecer el ciclo nuclear argentino.
14 de mayo de 2026
Argentina enfrenta una paradoja estratégica: tiene recursos de uranio bajo tierra, experiencia nuclear acumulada y centrales en funcionamiento, pero desde hace décadas importa el mineral que necesita para sostener su generación nucleoeléctrica.
La última producción nacional de uranio salió de Sierra Pintada, en Mendoza, en 1995. Desde entonces, el país importa alrededor de 220 toneladas anuales para abastecer a sus tres centrales nucleares: Atucha I, Atucha II y Embalse. Al mismo tiempo, dispone de recursos identificados que podrían cubrir aproximadamente 150 años de consumo al ritmo actual.
Este escenario volvió a tomar relevancia a partir del Plan Nuclear Argentino, anunciado en diciembre de 2024, que plantea duplicar la capacidad nuclear instalada, avanzar con un reactor modular pequeño y desarrollar reservas de uranio para abastecer el mercado interno y eventualmente generar saldos exportables. En ese marco, la Secretaría de Minería registra 21 proyectos de uranio activos, con fuerte presencia en la Patagonia, aunque ninguno se encuentra actualmente en producción.
Uno de los proyectos más avanzados es Ivana, dentro del distrito Amarillo Grande, ubicado cerca de Valcheta, en Río Negro. Es impulsado por Blue Sky Uranium junto a Corporación América, a través de la operadora Ivana Minerales. La inversión proyectada ronda los USD 160 millones e incluye tanto la explotación minera como instalaciones de procesamiento para producir yellow cake, el concentrado de uranio que constituye el primer eslabón del ciclo de combustible nuclear.
El proyecto se destaca por contar con una de las mayores estimaciones de recursos bajo estándar internacional NI 43-101 del país, además de vanadio como subproducto estratégico. Sus impulsores sostienen que podría contribuir al autoabastecimiento nacional durante más de una década y abrir oportunidades de exportación. Sin embargo, todavía debe completar su etapa de prefactibilidad, un paso clave para determinar si los recursos pueden transformarse en reservas económicamente explotables.
El segundo caso relevante es Cerro Solo, en Chubut, bajo la órbita de la Comisión Nacional de Energía Atómica. Según la información técnica citada, el yacimiento concentra 4.420 toneladas de uranio en recursos razonablemente asegurados y una explotación plena podría producir entre 500 y 550 toneladas anuales, volumen suficiente para cubrir la demanda de las centrales argentinas y generar excedentes.
La CNEA busca avanzar en acuerdos con empresas privadas para reactivar el proyecto, pero enfrenta un obstáculo central: la legislación de Chubut prohíbe la minería metalífera a cielo abierto. Mientras esa restricción no se modifique o no se encuentre una alternativa técnica viable, el potencial de Cerro Solo seguirá sin poder convertirse en producción efectiva.
El tercer proyecto clave es Sierra Pintada, en Mendoza, el yacimiento con mayor historia operativa del país. Allí se produjo uranio hasta 1995 y actualmente se identifican alrededor de 10.010 toneladas de uranio, el mayor volumen registrado entre los proyectos bajo jurisdicción de la CNEA. El organismo decidió avanzar en su reactivación mediante acuerdos con empresas mineras y el proyecto ingresó en fase de prefactibilidad.
En este caso, los desafíos combinan cuestiones técnicas, ambientales y sociales. La mineralización requiere estudios específicos y el proyecto enfrenta resistencia comunitaria, por lo que la construcción de consenso social aparece como una condición central para cualquier avance productivo.
El desarrollo del uranio argentino tiene una dimensión energética, productiva y geopolítica. En un mundo que vuelve a mirar la energía nuclear como fuente estable y de bajas emisiones, contar con producción propia de uranio puede fortalecer la seguridad energética, reducir importaciones y completar una cadena de valor donde Argentina ya tiene capacidades científicas, tecnológicas e industriales.
Además, la minería de uranio puede abrir oportunidades para proveedores especializados: geología, perforación, laboratorios, ingeniería, monitoreo ambiental, transporte, seguridad, infraestructura, tecnología, servicios de campo y capacitación técnica. En provincias como Río Negro, Chubut y Mendoza, estos proyectos podrían generar empleo calificado y nuevas capacidades locales si logran superar sus barreras técnicas, normativas y sociales.
El desafío argentino no es la falta de recursos. La clave será convertir ese potencial en proyectos viables, con reglas claras, controles ambientales, participación comunitaria y acuerdos público-privados que permitan producir el mineral que hoy el país importa.
Si Argentina logra resolver los obstáculos de cada yacimiento, el uranio podría convertirse en una pieza estratégica para el autoabastecimiento energético, la industria nuclear y el desarrollo minero nacional.
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